MI NOVIO EL TALIBAN

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Dado
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MI NOVIO EL TALIBAN

Mensajepor Dado » Sab Mar 14, 2015 22:07

Me llamo Fina y conocí a Yamal en la universidad, durante un ciclo de conferencias sobre literatura sufí. La verdad es que nunca entendí como pudo fijarse en mí, pues no soy nada del otro mundo: Morena, estatura media, ojos color avellana, pecho normal, ni grande, ni pequeño, y lo peor de todo. La zona de mi cuerpo que más me acompleja, unas enormes y desproporcionadas caderas que hacen honor a cualquier cosa, menos a mi nombre. Por el contrario, él me llamó la atención desde el primer momento. Era delgado, muy moreno, de barba cerrada, pómulos marcados y ojos negros. Sentado a mi lado fue inevitable que me fijara en su paquete. Sin pretenderlo ya me excité viendo ese bulto en los pantalones. Estaba tan serio que me dio un morbo increíble de solo imaginar cómo me podía castigar con semejante herramienta.

Llegado el turno de preguntas, me dirigí al conferenciante. Estaba tan nerviosa que al levantar la mano, el boli que sostenía con ella salió disparado, yendo a caer tres sillas más allá de Yamal. Corrí a recogerlo, sin reparar en que para ello debía hacerme sitio, sortear al chico e inevitablemente, rozar mi culo y caderas con sus rodillas. Al volver a sentarme aprecié un gesto amable en su inexpresivo rictus, pero no le di importancia.

Cuando acabó la charla se acercó a mi y con la disculpa de que era árabe (sirio), se ofreció para ayudarme a profundizar en el tema de la conferencia y así, comenzamos a salir. Yamal no se parecía a ninguno de los chicos con los que yo había estado. Era un fiel seguidor del Corán. No fumaba, no bebía y rezaba cinco veces al día según los preceptos del libro sagrado de los musulmanes. Como es lógico, yo no estaba acostumbrada a aquello, pero tampoco me disgustaba. Por el contrario, mis experiencias hasta entonces, que no eran muchas, se reducían a los típicos niñatos universitarios, casi todos ellos los más frikies de sus pandillas, que se ponían ciegos de todo durante el fin de semana y que cuando llegaban a metérmela ni siquiera se les ponía dura.

Sin embargo con Yamal era distinto. Aquella introspección, toda su seriedad, se transformaban en una impresionante oleada de potencia desbocada cada vez que me follaba. Tenía una polla enorme, no solo larga, también gorda, que es lo que más me gusta, para que llene completamente las paredes de mi coño. Podía estar horas chupando aquel cimbel, que se ponía duro como una roca. También le masturbaba con las yemas de mis dedos sobre su glande. Primero escupía sobre él para enjuagárselo y luego se lo frotaba como si fuera a sacarle brillo. Cuando yo le hacía esto, él gemía y suspiraba, le sobrevenían convulsiones intermitentes, pues de esa manera el efecto de mi paja ponía de manifiesto toda la sensibilidad concentrada en la punta de su miembro.

No conseguí de ningún modo que me lamiera, decía que un buen musulmán no debía nunca acercar la boca a un coño, pero en compensación, le encantaba follarme a cuatro patas violentamente. Todo lo que yo odiaba de mi, era su principal motivación en la cama. Mi culo, aquel por el que pasé tanta vergüenza, objeto de las mofas e hilaridad de otros chicos, se convertía en el gran protagonista de nuestros polvos. Aun se me pone la piel de gallina recordando como me cogía del pelo, cual si fueran las bridas de un caballo y en violentas sacudidas me penetraba, acabando muchas veces con la mejilla aplastada contra la pared. Me hacía daño, pero la sensación de dominio que ejercía sobre mí, resultaba tan placentera, que jamás se me hubiera ocurrido impedírselo.

Un día noté que en vez de penetrarme el coño, lo intentaba con el culo. Cuando quise decir algo la tenía dentro. Recuerdo aquel dolor intenso, aquel horrible escozor que al mismo tiempo se convirtió en mágico fuego del que no quería desprenderme. Aprendí a apretar mi esfinter, a sentirle dentro de mi culo. Y aunque para nosotras es más placentera la penetración vaginal, y Yamal no me permitía tocarme mientras me follaba, hice por bajar la cadera a la altura del colchón y con el vaivén de la penetración conseguí estimular mi clítoris hasta llegar a un orgasmo inolvidable. Luego me llenó de su leche, podía notar mi ano inundado. Lubricado con sagrado esperma de un hijo de la media luna.

Así transcurría nuestra vida, cuando de repente vino a visitarle su amigo Rachid. Yamal, ya era de por sí suficientemente serio, pero cuando llegó su compatriota, se hizo mucho más introvertido. Entre ellos hablaban árabe, y la conclusión que yo sacaba del lenguaje gestual que les veía, era que manejaban códigos basados en la disciplina. Se convirtieron en un equipo marcialmente organizado. Nunca salían de su rutina, siempre pasaban inadvertidos, sus rezos, sus comidas, sus oraciones... Una noche, como tantas otras, Yamal me hizo pasar con él a la habitación. Aunque deseosa, no pude dejar de fijarme en Rachid, quien siguió con sus ojos todo el trayecto a la estancia. Sorprendida, aprecié que mi hombre dejaba la puerta entreabierta. Le hice un gesto a Yamal con la cabeza para indicárselo y él negó, sin darme más explicaciones. Se sentó sobre la cama con el pantalón bajado e hizo que me quedara en tanga. Me obligó a chupársela allí mismo, de rodillas, quedando una estupenda panorámica de mi culo a la vista de Rachid quien seguía en el sofá de la salita. No tardó en entrar. Quise revolverme para expresar mi desacuerdo, pero Yamal me cogió del pelo y clavó aquel mástil en mi garganta, llegando a producirme alguna arcada. Luego, con lágrimas en los ojos por el atragantón tiró de mi cabeza hacia arriba y soltándome una intensa bofetada a mano abierta, añadió: "No quiero ni una palabra, ni la más mínima intención de renuncia. Vas a satisfacer a los guerreros del profeta Mahoma, porque esa es tu misión en la Tierra. Una misión sagrada para la que Alá te ha escogido"

Siendo así y viniendo el designio del mismísimo Alá, opté por relajarme y cumplir con mi misión. Rachid me la metió en el culo enseguida. No pude verle la polla, pero sí sentir la agresividad de su intromisión. Apenas había tenido tiempo de calentarme y me hundió el pene hasta el intestino. La situación me fue excitando cada vez más. Al punto que sin decirlo, solo mirando a los ojos de mi Yamal, le pedí ser penetrada por ambos agujeros. Si mi hombre era bestia, el otro no se quedaba atrás y con pellizcos nada delicados en mis pezones conseguía sacarme pequeños alaridos que les excitaban aun más. Era curioso ver la intensidad con la que se empleaban en mí sin tocarse entre ellos. Se ponían más y más berracos cuanto más fuerte me daban, y competían sin palabras por darme la embestida más salvaje. Emparedada como estaba fue muy sencillo estimular mi clítoris. Llegó un momento que me sentí tan llena que me corrí vaginal y clitoridianamente a un mismo tiempo. La noche fue larga y cargada de placer. La habitación olía a sexo y a feromonas. Finalmente- caímos vencidos y entrelazados.

A la mañana siguiente me levanté para ir a la Uni. Al mediodía, solo se hablaba del coche bomba que se había estrellado contra la Embajada de USA con dos ocupantes dentro.
No soy hombre ni mujer. No soy dueño de lo que pueda acontecer y mi mente, por fin, no es esclava de mi bragueta

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