María no se decide

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antoniodeoviedo
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María no se decide

Mensajepor antoniodeoviedo » Lun Mar 24, 2014 10:28

Tengo que actuar rápidamente, pensó Silvia (la dueña de la agencia cuya página web había visto María) mientras María pasaba al baño a arreglarse, llevando en la mano el pantalón y el jersey negros con los que había acudido a la entrevista.

Había llamado el día antes, el lunes a las 9 y media. Su voz sonaba nerviosa, se veía que llevaba encima todo el agobio de un fin de semana de preocupaciones. El mensaje le sonó tan aburrido que olvidó pronto algunos detalles: 22 años, maestra en paro, su pareja había tenido una pequeña constructora pero llevaba tiempo sin apenas ingresos, se había decidido a probar en la agencia aunque seguramente sería algo temporal, de hecho ese mismo jueves tenía una entrevista en un colegio privado, tal vez le ofrecerían algo... A Silvia le sonó bien su voz de chica buena y la citó para el martes en uno de sus pisos.

Hacía tiempo que no veía una timidez tan auténtica, un pudor tan real. María era más bien bajita, menos de 1,60, con una cara de belleza clásica y el pelo corto, como si hasta ese momento hubiese querido pasar inadvertida. Cintura bien marcada y formas tirando a generosas, con pechos puntiagudos y pezones de un rosa muy claro. El pubis tenía aún todo el (escaso) vello natural. Silvia notó claramente qué es lo que ex-constructor había visto en aquella chica cuatro años antes, cuando manejaba generosamente el dinero negro en el que cobraba sus pequeñas obras. María había venido con unos pantalones negros de marca y un precioso jersey también negro que dejaba ver un hombro y zapatos de tacón alto, todo de su buena época. En otros casos le habría bastado con verla y hablar con ella, pero al tenerla cerca decidió ir a fondo y le pidió que se desnudara. Era una suerte que hiciera un poco de frío porque sus pezones experimentaron una rápida erección que contribuyó a avergonzarla. Su culito era sabroso y elevado y completamente natural, no trabajado por la elíptica. Silvia no dijo nada y procuró tranquilizar a María, pero no podía dejar de pensar en el valor que aquel bocado tenía para sus clientes preferidos, que sabían apreciar una delicatessen de ese tipo. Ya estaba haciendo mentalmente el orden en el que los iría llamando, con la absoluta seguridad de que ninguno de ellos (tampoco el décimo) desdeñaría el plato sabiamente descrito.

Sólo había un inconveniente: el evidente pudor e indecisión de María, que no dejaba de mencionar a su pareja y también la entrevista del jueves, que probablemente haría innecesario el trabajo en la agencia. Silvia pensó que era necesario actuar rápido y que María no podía llegar a esa entrevista sin haber probado la descarga de adrenalina de una cita y la experiencia sexual de un encuentro con un amante excepcional, con seguridad mucho mejor que su agobiado novio. Sabiamente venció su resistencia diciéndole que un encuentro no importaba nada ni tendría ninguna trascendencia (bien sabía que no era cierto) y que le permitiría comprar inmediatamente una camisa de la que María había tenido la imprudencia de hablarle.

María se marchó hecha un mar de dudas, algo violenta por haber tenido que someterse al escrutinio de una desconocida y con la intención de esperar al resultado de la entrevista. A la vez se sentía bien porque Silvia había halagado mucho su cuerpo y tenía cierta excitación ante una posible cita, después de haber leído a escondidas las maravillas que se contaban en el foro.

Al llegar a casa se puso a hacer la cena sola. Su pareja no llegaría hasta la una de la mañana porque tenía que hacer unas horas de encargado en la tienda de un exempleado suyo, un trabajo mal pagado que a María la ofendía íntimamente. Cuando estaba cenando sola, María recibió un mensaje de Silvia: “Casualmente Juanjo está libre mañana por la mañana y le gustaría conocerte. Prepárate para las 11”. María se puso muy nerviosa, había pensado en dedicar la mañana a preparar la entrevista del día siguiente y ahora todos sus buenos propósitos se tambaleaban. Silvia escribió el mensaje poco después de acabar de convencer a Juanjo, el primer colocado en la lista de clientes a los que pensaba ofrecer a María. Le describió sin tapujos a la chica y no le hizo falta contar muchos detalles para que él deseara de inmediato sentir el placer de seducirla y darle lo que aparentemente no quería recibir pero estaba pidiendo a gritos. Se acostaba con muchas mujeres (no pasaba necesidad alguna), pero esa clase de manjares escaseaban. Rápidamente montó el plan y se dispuso a esperar al día siguiente. Como María tardaba en contestar al mensaje, Silvia la llamó y le ponderó a Juanjo por su generosidad y porque “no le costaría nada”. “Una hora que olvidarás inmediatamente y tendrás la liquidez que necesitas, después que salga lo que tenga que salir en la entrevista”.

A María le desagradó tanta insistencia e incluso le dio pena de su pareja, que a esta hora estaba trabajando por los dos. Decidió no confirmar la cita y darle una oportunidad al trabajo en el colegio. A las 11 se sentó a ver la televisión pero no podía concentrarse. El actor de la serie que estaba viendo le recordó lo que Silvia le había contado, y empezó a sentir la debilidad que le provocaba llevar una semana sin sexo con su pareja, que últimamente eludía sus insinuaciones y sólo quería cuando a él le apetecía. Sin pensarlo, María escribió a Silvia: “A las 11”. María se acostó rápidamente y no quiso masturbarse como hacía todas las noches en que dormía sola, porque no quería perderse las sensaciones del día siguiente. Cuando su pareja se acostó a su lado a la una y media hizo como que no se había despertado y le dio algo de repulsión sentir su sexo excitado empujándola.

A la mañana siguiente María evitó todo lo que pudo coincidir con su pareja, que tenía que marcharse temprano a una entrevista de trabajo. Remoloneó en la cama prolongando las fantasías que había tenido durante la noche. Era su día y quería disfrutarlo. Sintió que no estaba sometiéndose a algo, sino que, al contrario, estaba a punto de abrir una caja que llevaba cerrada mucho tiempo y que la hacía sentirse viva sólo por agitarla. La hora de la cita le dejaba bastante tiempo y lo usó a conciencia. El baño estaba lleno de vapor cuando ella se miraba desnuda en el espejo. Al afeitarse el pubis por primera vez sintió que algo se había roto para siempre y deseó con todas sus fuerzas que mereciera la pena, que ese hombre al que todavía no conocía la hiciera vibrar como nunca y le ahorrara los arrepentimientos.

El nerviosismo llegó de nuevo a las once menos cuarto, cuando estaba a punto de tomar el taxi y Silvia la llamó para asegurarse de que todo estuviera bien. Volvió a mirar con sus ojos de chica modosita lo que estaba a punto de hacer y no le gustó. “Él quiere que sea algo especial y ha reservado una suite en el Alma Sevilla”. Esas palabras bastaron para volver a convencerla. Los únicos nervios que le quedaban eran las dudas sobre si había acertado con el vestido. Iba muy femenina con un tacón y unos zapatos espectaculares, panties, falda a lo Mad Men y un jersey bastante abierto. Por debajo, lencería de alta calidad que le daría seguridad cuando se quedara sola y expuesta ante él.

Cuando salió del taxi pensaba que todos, desde el taxista hasta la última persona que la había visto y la vería todavía, sabían a qué iba, porque su viaje en taxi, con aquella ropa y aquellas horas, desde su piso periférico hasta el lujoso hotel no tenía ninguna otra explicación, y esa vergüenza la impulsaba. Juanjo espió su llegada al hall del hotel porque no quería perderse el espectáculo de esa timidez superada por la valentía y el deseo. En el ascensor se le identificó y pudo ver cómo ella se relajaba inmediatamente. Si él hubiera parado el ascensor, se le habría entregado allí mismo.

La cita colmó las expectativas de ambos. Ella se sintió tratada como una mujer, sin más, sin exigirle ni añadirle nada: ni amor, ni reproches, ni fidelidad, ni más cariño que la amabilidad social. Se sintió comparada y sintió que salía bien parada. Sabía que ella también podía examinar y comparar y tuvo la sensación de que habían elegido bien por ella. Por primera vez no estaba con un compañero del alma, con alguien a quien tenía que querer y con quien compartía tantas cosas, sino con un jugador, un deportista, un gourmet que quería gozarla, correrse con ella, quedarse con sus secretos, y que para conseguirlo iba a desplegar todos sus encantos, que no eran pocos, y la habilidad que había conseguido a lo largo de tantos encuentros como aquel y de tantas mujeres como ella que habían decidido, precisamente con él, romper con su vida anterior. No podía dejar de hacer comparaciones con su pareja. No sólo el tamaño, el aguante o la habilidad (todo eso le daba algo de pudor todavía), sino la atención a su placer. Su compañero de hoy no quería correrse todavía, quería que ella se corriera, y a ella le encantaba aunque era perfectamente consciente de que no lo hacía por generosidad hacia ella, sino por vanidad y porque disfrutaba viendo cómo ella perdía su corrección y su seriedad (su dignidad, sí), y se mostraba suplicante, anhelante, malhablada, gozosa y poco después nuevamente entregada. Al poco rato ya no le importó reconocerse a sí misma que esa polla que había limpiado con su boca y que seguía chupando aunque nadie se lo pidiera la traía loca, que el sexo con su pareja no valía nada y que, aunque le ofreciesen el trabajo el jueves, quería más de lo que acababa de probar y, eso sí, disimularía para poder seguir cobrando por ello.

Él salió satisfecho, con ganas de darle las gracias a Silvia y con la tentación, en la que sin embargo evitó caer, de volver a reservar una cita con María. Le había gustado su cuerpo granado y con formas, que seguramente a los 30 le parecería tendente a la gordura, pero que ahora estaba en su punto. Cómo había disfrutado inclinando hacia él ese pecho puntiagudo para lamerlo bien, y sintiendo la turbación de ella cuando le lamía sus labios inferiores, que seguramente no habían recibido esa atención en mucho tiempo. Al verla tan entregada de antemano (su aparente seriedad era transparente para él, alguien tendría que recomendarle que no saliera a la calle así, que al menos se masturbara), decidió pisar el acelerador para que la cita no fuese tan previsible y le exigió algunas posturas a las que ella con seguridad no estaba acostumbrada y que la escandalizaron un poco, aunque no por ello puso la menor dificultad seria. Como siempre, hizo un buen trabajo y se ganó una nueva admiradora que se marchó del hotel satisfecha.

Acostumbrado al sexo y ya habituado a casi todo, al cabo de unos minutos las imágenes comenzaban a confundirse en su cabeza (después de todo nada era tan especial como parecía), pero se quedaba con los pechos de ella cuando la vio tumbada boca arriba recibiendo la embestida lateral de él, que en esa posición jugaba con sus piernas, levantándolas a voluntad y viendo la cara de placer de ella y el movimiento de sus pezones mientras experimentaba la penetración profunda, y también con el movimiento de ella cuando se tumbó a horcajadas sobre él mirando a sus pies, ofreciéndole el espectáculo de su precioso culito y viendo en el espejo su cara y sus pechos moviéndose.

Sí, le había apetecido volver a reservarla, permitiéndole así prolongar a ella la fantasía (que seguro que había sentido, aunque fuera brevemente) de que tenía una nueva pareja, pero había preferido no ahorrarle la verdad, la certidumbre de que pasaría de unos en otros y de que sólo volvería a tenerle cuando él quisiera gozarla de nuevo. Al acabar la conversación con Silvia ya se había olvidado de María y estaba medio convencido de que necesitaba una sesión de sexo muy fuerte con una de sus viejas amigas de la que Silvia había vuelto a hablarle y que estaba de regreso tras una ausencia temporal.

Porque no es así como quiera el oficio de alcahuete, que es oficio de discretos y necesarísimo en la república bien ordenada, y que no le debía ejercer sino gente muy bien nacida (Cervantes)

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Lunavalencia
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Re: María no se decide

Mensajepor Lunavalencia » Lun Mar 24, 2014 14:32

antoniodeoviedo escribió:Tengo que actuar rápidamente, pensó Silvia (la dueña de la agencia cuya página web había visto María) mientras María pasaba al baño a arreglarse, llevando en la mano el pantalón y el jersey negros con los que había acudido a la entrevista.

Había llamado el día antes, el lunes a las 9 y media. Su voz sonaba nerviosa, se veía que llevaba encima todo el agobio de un fin de semana de preocupaciones. El mensaje le sonó tan aburrido que olvidó pronto algunos detalles: 22 años, maestra en paro, su pareja había tenido una pequeña constructora pero llevaba tiempo sin apenas ingresos, se había decidido a probar en la agencia aunque seguramente sería algo temporal, de hecho ese mismo jueves tenía una entrevista en un colegio privado, tal vez le ofrecerían algo... A Silvia le sonó bien su voz de chica buena y la citó para el martes en uno de sus pisos.

Hacía tiempo que no veía una timidez tan auténtica, un pudor tan real. María era más bien bajita, menos de 1,60, con una cara de belleza clásica y el pelo corto, como si hasta ese momento hubiese querido pasar inadvertida. Cintura bien marcada y formas tirando a generosas, con pechos puntiagudos y pezones de un rosa muy claro. El pubis tenía aún todo el (escaso) vello natural. Silvia notó claramente qué es lo que ex-constructor había visto en aquella chica cuatro años antes, cuando manejaba generosamente el dinero negro en el que cobraba sus pequeñas obras. María había venido con unos pantalones negros de marca y un precioso jersey también negro que dejaba ver un hombro y zapatos de tacón alto, todo de su buena época. En otros casos le habría bastado con verla y hablar con ella, pero al tenerla cerca decidió ir a fondo y le pidió que se desnudara. Era una suerte que hiciera un poco de frío porque sus pezones experimentaron una rápida erección que contribuyó a avergonzarla. Su culito era sabroso y elevado y completamente natural, no trabajado por la elíptica. Silvia no dijo nada y procuró tranquilizar a María, pero no podía dejar de pensar en el valor que aquel bocado tenía para sus clientes preferidos, que sabían apreciar una delicatessen de ese tipo. Ya estaba haciendo mentalmente el orden en el que los iría llamando, con la absoluta seguridad de que ninguno de ellos (tampoco el décimo) desdeñaría el plato sabiamente descrito.

Sólo había un inconveniente: el evidente pudor e indecisión de María, que no dejaba de mencionar a su pareja y también la entrevista del jueves, que probablemente haría innecesario el trabajo en la agencia. Silvia pensó que era necesario actuar rápido y que María no podía llegar a esa entrevista sin haber probado la descarga de adrenalina de una cita y la experiencia sexual de un encuentro con un amante excepcional, con seguridad mucho mejor que su agobiado novio. Sabiamente venció su resistencia diciéndole que un encuentro no importaba nada ni tendría ninguna trascendencia (bien sabía que no era cierto) y que le permitiría comprar inmediatamente una camisa de la que María había tenido la imprudencia de hablarle.

María se marchó hecha un mar de dudas, algo violenta por haber tenido que someterse al escrutinio de una desconocida y con la intención de esperar al resultado de la entrevista. A la vez se sentía bien porque Silvia había halagado mucho su cuerpo y tenía cierta excitación ante una posible cita, después de haber leído a escondidas las maravillas que se contaban en el foro.

Al llegar a casa se puso a hacer la cena sola. Su pareja no llegaría hasta la una de la mañana porque tenía que hacer unas horas de encargado en la tienda de un exempleado suyo, un trabajo mal pagado que a María la ofendía íntimamente. Cuando estaba cenando sola, María recibió un mensaje de Silvia: “Casualmente Juanjo está libre mañana por la mañana y le gustaría conocerte. Prepárate para las 11”. María se puso muy nerviosa, había pensado en dedicar la mañana a preparar la entrevista del día siguiente y ahora todos sus buenos propósitos se tambaleaban. Silvia escribió el mensaje poco después de acabar de convencer a Juanjo, el primer colocado en la lista de clientes a los que pensaba ofrecer a María. Le describió sin tapujos a la chica y no le hizo falta contar muchos detalles para que él deseara de inmediato sentir el placer de seducirla y darle lo que aparentemente no quería recibir pero estaba pidiendo a gritos. Se acostaba con muchas mujeres (no pasaba necesidad alguna), pero esa clase de manjares escaseaban. Rápidamente montó el plan y se dispuso a esperar al día siguiente. Como María tardaba en contestar al mensaje, Silvia la llamó y le ponderó a Juanjo por su generosidad y porque “no le costaría nada”. “Una hora que olvidarás inmediatamente y tendrás la liquidez que necesitas, después que salga lo que tenga que salir en la entrevista”.

A María le desagradó tanta insistencia e incluso le dio pena de su pareja, que a esta hora estaba trabajando por los dos. Decidió no confirmar la cita y darle una oportunidad al trabajo en el colegio. A las 11 se sentó a ver la televisión pero no podía concentrarse. El actor de la serie que estaba viendo le recordó lo que Silvia le había contado, y empezó a sentir la debilidad que le provocaba llevar una semana sin sexo con su pareja, que últimamente eludía sus insinuaciones y sólo quería cuando a él le apetecía. Sin pensarlo, María escribió a Silvia: “A las 11”. María se acostó rápidamente y no quiso masturbarse como hacía todas las noches en que dormía sola, porque no quería perderse las sensaciones del día siguiente. Cuando su pareja se acostó a su lado a la una y media hizo como que no se había despertado y le dio algo de repulsión sentir su sexo excitado empujándola.

A la mañana siguiente María evitó todo lo que pudo coincidir con su pareja, que tenía que marcharse temprano a una entrevista de trabajo. Remoloneó en la cama prolongando las fantasías que había tenido durante la noche. Era su día y quería disfrutarlo. Sintió que no estaba sometiéndose a algo, sino que, al contrario, estaba a punto de abrir una caja que llevaba cerrada mucho tiempo y que la hacía sentirse viva sólo por agitarla. La hora de la cita le dejaba bastante tiempo y lo usó a conciencia. El baño estaba lleno de vapor cuando ella se miraba desnuda en el espejo. Al afeitarse el pubis por primera vez sintió que algo se había roto para siempre y deseó con todas sus fuerzas que mereciera la pena, que ese hombre al que todavía no conocía la hiciera vibrar como nunca y le ahorrara los arrepentimientos.

El nerviosismo llegó de nuevo a las once menos cuarto, cuando estaba a punto de tomar el taxi y Silvia la llamó para asegurarse de que todo estuviera bien. Volvió a mirar con sus ojos de chica modosita lo que estaba a punto de hacer y no le gustó. “Él quiere que sea algo especial y ha reservado una suite en el Alma Sevilla”. Esas palabras bastaron para volver a convencerla. Los únicos nervios que le quedaban eran las dudas sobre si había acertado con el vestido. Iba muy femenina con un tacón y unos zapatos espectaculares, panties, falda a lo Mad Men y un jersey bastante abierto. Por debajo, lencería de alta calidad que le daría seguridad cuando se quedara sola y expuesta ante él.

Cuando salió del taxi pensaba que todos, desde el taxista hasta la última persona que la había visto y la vería todavía, sabían a qué iba, porque su viaje en taxi, con aquella ropa y aquellas horas, desde su piso periférico hasta el lujoso hotel no tenía ninguna otra explicación, y esa vergüenza la impulsaba. Juanjo espió su llegada al hall del hotel porque no quería perderse el espectáculo de esa timidez superada por la valentía y el deseo. En el ascensor se le identificó y pudo ver cómo ella se relajaba inmediatamente. Si él hubiera parado el ascensor, se le habría entregado allí mismo.

La cita colmó las expectativas de ambos. Ella se sintió tratada como una mujer, sin más, sin exigirle ni añadirle nada: ni amor, ni reproches, ni fidelidad, ni más cariño que la amabilidad social. Se sintió comparada y sintió que salía bien parada. Sabía que ella también podía examinar y comparar y tuvo la sensación de que habían elegido bien por ella. Por primera vez no estaba con un compañero del alma, con alguien a quien tenía que querer y con quien compartía tantas cosas, sino con un jugador, un deportista, un gourmet que quería gozarla, correrse con ella, quedarse con sus secretos, y que para conseguirlo iba a desplegar todos sus encantos, que no eran pocos, y la habilidad que había conseguido a lo largo de tantos encuentros como aquel y de tantas mujeres como ella que habían decidido, precisamente con él, romper con su vida anterior. No podía dejar de hacer comparaciones con su pareja. No sólo el tamaño, el aguante o la habilidad (todo eso le daba algo de pudor todavía), sino la atención a su placer. Su compañero de hoy no quería correrse todavía, quería que ella se corriera, y a ella le encantaba aunque era perfectamente consciente de que no lo hacía por generosidad hacia ella, sino por vanidad y porque disfrutaba viendo cómo ella perdía su corrección y su seriedad (su dignidad, sí), y se mostraba suplicante, anhelante, malhablada, gozosa y poco después nuevamente entregada. Al poco rato ya no le importó reconocerse a sí misma que esa polla que había limpiado con su boca y que seguía chupando aunque nadie se lo pidiera la traía loca, que el sexo con su pareja no valía nada y que, aunque le ofreciesen el trabajo el jueves, quería más de lo que acababa de probar y, eso sí, disimularía para poder seguir cobrando por ello.

Él salió satisfecho, con ganas de darle las gracias a Silvia y con la tentación, en la que sin embargo evitó caer, de volver a reservar una cita con María. Le había gustado su cuerpo granado y con formas, que seguramente a los 30 le parecería tendente a la gordura, pero que ahora estaba en su punto. Cómo había disfrutado inclinando hacia él ese pecho puntiagudo para lamerlo bien, y sintiendo la turbación de ella cuando le lamía sus labios inferiores, que seguramente no habían recibido esa atención en mucho tiempo. Al verla tan entregada de antemano (su aparente seriedad era transparente para él, alguien tendría que recomendarle que no saliera a la calle así, que al menos se masturbara), decidió pisar el acelerador para que la cita no fuese tan previsible y le exigió algunas posturas a las que ella con seguridad no estaba acostumbrada y que la escandalizaron un poco, aunque no por ello puso la menor dificultad seria. Como siempre, hizo un buen trabajo y se ganó una nueva admiradora que se marchó del hotel satisfecha.

Acostumbrado al sexo y ya habituado a casi todo, al cabo de unos minutos las imágenes comenzaban a confundirse en su cabeza (después de todo nada era tan especial como parecía), pero se quedaba con los pechos de ella cuando la vio tumbada boca arriba recibiendo la embestida lateral de él, que en esa posición jugaba con sus piernas, levantándolas a voluntad y viendo la cara de placer de ella y el movimiento de sus pezones mientras experimentaba la penetración profunda, y también con el movimiento de ella cuando se tumbó a horcajadas sobre él mirando a sus pies, ofreciéndole el espectáculo de su precioso culito y viendo en el espejo su cara y sus pechos moviéndose.

Sí, le había apetecido volver a reservarla, permitiéndole así prolongar a ella la fantasía (que seguro que había sentido, aunque fuera brevemente) de que tenía una nueva pareja, pero había preferido no ahorrarle la verdad, la certidumbre de que pasaría de unos en otros y de que sólo volvería a tenerle cuando él quisiera gozarla de nuevo. Al acabar la conversación con Silvia ya se había olvidado de María y estaba medio convencido de que necesitaba una sesión de sexo muy fuerte con una de sus viejas amigas de la que Silvia había vuelto a hablarle y que estaba de regreso tras una ausencia temporal.




Con relatos como este para que leer cincuenta sombras? Me gusta como escribes, veí la imagen en mi cabeza en 3D y he tenido la sensación de estár dentro de la historia. Gracias por este momento. Me ha encantado! No dejes de escribir.


Un besazo.

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antoniodeoviedo
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Desde otro punto de vista

Mensajepor antoniodeoviedo » Lun Mar 24, 2014 20:51

Al salir del taxi, María sintió el frío de la mañana y bastantes nervios. Una cosa era vestirse y fantasear y otra pensar que en cinco minutos podía estar chupándosela a un desconocido. Hasta ese momento se había imaginado más bien besándole.

María cruzó el amplio vestíbulo del hotel sin detenerse. Le pareció que había poca gente y se alegró de no tener que pasar demasiado cerca del recepcionista en el camino a los ascensores, que eran varios y grandes. Cuando se metió en el primero que se abrió, entró con ella un chico de treinta y tantos años al que vio de reojo. Le había parecido atractivo, pero mientras subían hasta la séptima planta, que era la de la suite (él marcó la novena), empezó a molestarse porque él la miraba con descaro. Ella le devolvió la mirada y él comenzó a sonreír. ¿Y si...? La sonrisa de él le respondió afirmativamente. No hicieron falta más palabras. Ella se relajó y sonrió, mostrándole generosamente sus dientes, a la vez que se ruborizaba más de lo que habría deseado. Queriendo aprovecharse de su obvia timidez, Juanjo dijo:

- Todavía estás a tiempo de parar esto, aún no hemos entrado y sólo ha habido un simple encuentro en un ascensor. Tus dudas me parecen normales.

- Lo estoy deseando –mintió ella, llevada sobre todo por el amor propio. No quería parecer una cría.

Recorrieron en silencio el corto trecho hasta la habitación. Él había decidido su táctica. Le habría costado poco tranquilizarla, pero le daba morbo su vergüenza, así que quería darle una ducha escocesa, hacer que se sintiera cómoda pero a la vez mantener su timidez para que sintiera el valor del paso que daba, y aprovechar esos momentos para avanzar en su labor de ataque.

Cuando entraron en la habitación María se encontró a gusto en un cuarto espacioso y bonito, bien iluminado y perfectamente ordenado. Caballerosamente pero sin darle ninguna importancia, Juanjo se hizo cargo de su abrigo. Quería que ella percibiera que la galantería era la justa y que no la trataba en ningún momento como a una mujer a conquistar, sino como a una amante para gozar y dejar. Juanjo se comportaba como un cliente de un restaurante de lujo, amable pero consciente de que los platos se preparan para él.

- ¿Quieres una copa?

- No suelo tomar nada a estas horas, dijo María todavía algo roja, aunque también es cierto que no suelo estar en una habitación de hotel con un desconocido a estas horas.

- Creo que lo mejor será abrir una botella de champagne, dijo Juanjo mientras caminaba hacia la nevera.

María estaba elegantemente vestida y miraba a Juanjo mientras ésta abría diestramente la botella y servía las copas.

- Toma, le dijo acercándosela.

Tras el brindis, María sintió que el champagne era excelente y notó cómo sus pezones se excitaban, su cara enrojecía algo más y comenzaba a sentir indiferencia hacia todo lo que viniera. Su vida quedaba muy lejos y sólo quería dejarse hacer. “Tiempo para una nueva inyección”, pensó Juanjo.

- Supongo que el rollo que me contó Silvia será sólo un mensaje publicitario. Eres joven, pero te imagino algo experimentada.

- No sé qué te habrá contado, pero la verdad es que hasta ahora no he ido con ningún cliente y de hecho sólo me he acostado con mi pareja.

- Qué solemne lo pones.

- No sé por qué, pero creo que sabes cómo funcionan estas cosas. No te hagas el tonto. Es evidente que no me estoy muriendo de hambre aunque me viene bien el dinero como a todas, así que cuando doy este paso no es tanto por necesidad como por un montón de pasos anteriores de aburrimiento o de curiosidad. Tienes suerte de abrir el tarro por primera vez.

- Es cierto que sé cómo te sientes, lo he visto otras veces. No te decepcionaré.

- Sólo quiero que me hagas sentir que merece la pena. No es que mi pareja no sepa follar, pero quiero salir de aquí diciendo que hasta ahora no sabía lo que era.

Juanjo se acercó a María y le cogió la copa, dejándola sobre uno de los muebles de la habitación. Al mirarla pudo ver cómo ella acercaba su boca y la besó suavemente, excitándola poco a poco. Quería desnudarla sin romper el ambiente. Comenzó bajando la cremallera de su falda, pero sin tocar aún el jersey. Dejó así al descubierto su femenina cadera, bien cubierta por unas braguitas negras con encaje, y continuó empujándola hacia abajo sin demasiado esfuerzo. María, seria, facilitaba la bajada con pequeños movimientos de su cadera a la vez que eludía su mirada. Unos bonitos pantis negros embellecían sus piernas hasta terminar en unos zapatos de tacón alto, preciosos, que eran toda una declaración de principios. María seguía sintiéndose vestida y se exhibía gozosa.

El juego de Juanjo pasaba por quitarle esa tranquilidad y esa compostura a María. Pensó en dar un golpe de autoridad quitándole las bragas y penetrándola sobre una mesa, pero, aunque era consciente de que ella experimentaría una descarga de adrenalina muy fuerte, prefirió dejar que se hiciese a fuego lento hasta que sintiera que le sobraba la lencería. Respetó sus braguitas (volvían a tener el diminutivo) y le levantó los brazos para quitarle el jersey que cubría su sujetador. Al hacerlo la colocó de espaldas a él y frente a un espejo de cuerpo entero apoyado en el suelo. María se miraba en el espejo mientras el jersey subía por sus brazos, impulsado por Juanjo. Quedó al descubierto un bonito sujetador negro muy bajo, que levantaba su pecho. Ella estaba expectante, sintiendo que todo estaba a punto de comenzar. Sentía el vértigo de saber que en segundos no habría vuelta atrás y se convertiría en lo que él quisiera. A la vez tenía ganas de comenzar a sentir. Juanjo le quitó el sujetador por detrás para que ella viera sus pechos en el espejo, a la vez que él. La visión de aquel esplendor le turbó incluso a él, que había gozado tetas de todos los tamaños y edades. Eran pechos ligeramente abundantes para la estatura de María, blanquísimos y con pezones de color rosa muy claro, sin apenas aureola. Firmes, se lanzaban hacia adelante hasta quedar ligeramente puntiagudos, como de una pin-up de los años 50.

- Tienes un pecho precioso -dijo Juanjo mientras jugueteaba con sus pezones, todavía desde atrás, a la vez que tiraba un poco del elástico de la braguita para ver la raja de su trasero.

- Eres el segundo hombre que lo tiene a su disposición, contestó ella mientras movía su culo tranquilamente por el paquete de Juanjo.

- Hoy sentirás que soy el primero. Quiero que se vea hasta en tu cara que has pasado por esto.

La partida continuaba como un juego de poder. María se estaba quitando el miedo. Se sentía fuerte en su desnudez, notaba a Juanjo más contemplativo que dominante. Éste se había quedado encantado con la vista, se daba cuenta de que María le ofrecía una primera vez y quería darle una lección de autoridad, marcarla en su relación con su pareja y con futuros amantes. María se separó suavemente de Juanjo y caminó hacia la cama, moviendo graciosamente su trasero.

- Separarte no te va a librar, je je, hoy no has venido a desfilar, dijo Juanjo mirándola golosamente mientras bebía otro sorbo de champagne.

Juanjo calculaba su próxima jugada, queriendo disfrutar al máximo de su tiempo. María se sentía en una nube y a la vez se iba poniendo más nerviosa por la ansiedad que le producía el deseo aún insatisfecho y por el temor a lo que le hiciera un amante desatado y retado. Sabía que las experiencias con su novio no eran indicativas porque tenía ante sí un amante muy diferente, que no le tenía ningún respeto y que estaba acostumbrado a tomar y dejar a las mujeres. Cuando llegó a la cama continuó su juego de hembra encelada y se quitó lentamente la braguita, dejando clara su disposición. Entre tanto él se había quitado la camisa y el pantalón, dejando al descubierto un cuerpo deseable para María. Volvió a coger la copa y con la otra mano, con toda la intención, se quitó despacio sus calzoncillos de pantalón corto. Su culo redondeado y firme, y su miembro ya enhiesto y de buen tamaño, pusieron aún más nerviosa a María, que se dio cuenta de que todo había cambiado con su último movimiento, entrando en una fase sin retorno. Esto ya no era una chiquillada excitante, un juego para sentirse halagada en su algo abandonada feminidad, sino que algo iba a cambiar para siempre. Un hombre fuerte y duro iba a hurgar donde nadie lo había hecho y a tratarla de un modo que a nadie había consentido, y seguramente le iba a hacer que se sintiera bien y a enseñarle cosas que todavía no había sentido y que en otras circunstancias nunca habría llegado a sentir. Llegó a pensar que ese miembro duro le haría daño al entrar y lamentó no haber traído nada para suavizarlo.

Juanjo la acostó, le abrió ligeramente las piernas y comenzó a comerle el coño con suavidad. No le costó separarle levemente los labios y chuparle el clítoris como si fuese una ostra. María, claramente no habituada a ese juego, se movía nerviosa y comenzó a humedecerse abundantemente. Estaba acostumbrada a masturbarse, pero no a que su pareja le hiciera eso. A veces la tocaba al inicio del sexo, pero difícilmente conseguía excitarse así. Ahora sentía que alguien la tocaba tan bien como ella, dándole más placer que el que ella se procuraba con sus dedos. Su excitación estaba siendo muy rápida, su ansiedad previa se convertía en placer, comenzó a jadear y jugueteaba nerviosamente con la cabeza de Juanjo, que hurgaba con habilidad en su sexo, tirando hacia arriba de su clítoris. En los vestuarios había notado cómo algunas mujeres tenían más abiertos los labios y ahora veía por qué. Un tirón especialmente afortunado, un recuerdo del pene de Juanjo cuando avanzaba hacia ella y se corrió estrepitosamente, mojando la sábana y sintiendo temblores en el vientre.

- Gracias, acertó a decir ella. Me has dado tanto placer que estoy mareada. Te toca a ti.

- Tranquila, respondió Juanjo, descansa, le dijo mientras se acostaba a su lado, contemplándola con descaro.

María se sentía mejor que nunca. Ya había roto a sudar y a sentir y sólo quería entregarse completamente a Juanjo, que la había ganado completamente con ese asalto. Sin que él le dijera nada, se arrodilló a su lado y se puso a acariciar y a darle lametones a su polla. No le costaba reconocer que era más grande y más bonita que la de su pareja, bien plantada, gruesa y con un bonito prepucio.

- ¡Qué bien dotado estás! Cualquiera se te resiste.

Para María había llegado un momento temido y fantaseado, el de la felación. Frente a lo que había imaginado, no le daba ningún reparo porque el orgasmo le había quitado toda la vergüenza y porque la polla de Juanjo la excitaba. No era algo a lo que dedicara mucho tiempo en su relación de pareja porque acortaba el tiempo de la penetración, nunca sobrado. Hoy se sentía realmente agradecida y quería mostrarla a Juanjo lo mucho que le apetecía. Inconscientemente quería aparecer como una amante más fiera y experta de lo que era. Él no se engañaba y sabía que sus artes serían limitadas. A pesar de todo se divertía viéndola esforzarse y disfrutando del escorzo que ofrecía su culito y sus pechos colgando, una delicia cuyos pezones él acariciaba. Le dio un par de consejos y guió sus manos para que le sobaran suavemente los testículos.

- Se nota que no hace mucho que te descargaste, dijo ella tocándolos.

- Yo follo todos los días, niña, y ayer tuve una cita con mi amante después de hablar con Silvia. No vengo aquí por hambre, sino porque no siempre se puede estrenar a un bollito como tú. Y hablando de estrenar, ya va siendo hora de jugar de verdad.

A María ya le estaba haciendo falta que Juanjo la penetrase. El orgasmo que había tenido la había dejado con ganas de más y no quería perderse esa polla que acaba de chupar. Siempre había fantaseado que un amante la montaba desde arriba, mirándola románticamente a los ojos, pero ahora cualquier cosa le parecería bien. Juanjo siguió acostado y le dijo que se montara encima de él. Ella tomó un sorbo de champagne y obedeció, se colocó a horcajadas sobre la cadera de Juanjo, apoyándose sobre las rodillas, y comenzó a bajar. Diestramente él la agarró por el culo y dejó que cayera suavemente, pero la inclinó hacia adelante, de modo que no llegó a apoyarse en su polla y a la vez sus pechos se inclinaban sobre él, con sus pezones apuntados. Ella se sentía penetrada por un miembro más ancho que el de su pareja y experimentaba un gran placer. Él manejaba el metesaca despacio, haciéndola sentir placer ya en el primer tramo de penetración. Poco a poco aumentó la velocidad, atacando desde abajo. Para permitir sus movimientos, ella no estaba sentada sobre Juanjo, sino inclinada hacia delante, con sus pechos y su cara muy cerca de él. Sentía muchísimo placer, un auténtico descontrol, y mucha ansiedad, porque venía que iba a tener un gran orgasmo y a la vez lo aceleraba y lo frenaba; estaba tan excitada que le parecía que si seguía así iba a mearse. Ya no le daba ningún reparo animar a Juanjo con frases que a éste le excitaban muchísimo: “¡Qué bien lo haces, cabrón, dame más! ¡No pares, no te corras todavía!”.

Juanjo aprovechó las palabras de María para hacer sangre con el cornudo, cosa que le encantaba.

- ¿Qué pasa, que tu novio se corre demasiado pronto?

- No te metas con él, cabrón, que es buen tío.

- Yo no soy quien le pone los cuernos. Si él te follara así no estarías aquí.

- Qué cabrón eres.

- Tú no follaste ayer, y menos así.

- No me han follado así nunca, y llevo una semana sin polla. Si no, de qué ibas a tenerme así.

- El cabrón es él porque tiene cuernos (yo no) y porque no sabe satisfacerte. A partir de hoy no podrás aguantarle.

María sabía que era verdad, que la visión de Juanjo con su belleza viril y su potencia desatada se iba a interponer entre ella y su pareja, no sólo en la cama sino para hacerle insoportables todas las debilidades y defectos de él, que iban en aumento. Cada vez que le viese por casa sin duchar o con su viejo chándal y zapatillas sentiría resentimiento porque no sabía follarla bien y la había dejado a la intemperie, a merced de lobos como Juanjo que harían lo que quisieran con ella. La aparente seguridad que era lo único que le proporcionaba él, era falsa cuando había acabado en la cama de otro tío dándosele entera. María empezaba a sentir que le había entregado mucho más que él a ella, que le había dado su espléndida feminidad de 18 años, que otros hombres más expertos habrían sabido apreciar y educar, convirtiéndola tal vez en una mujer trofeo para disfrutar y exhibir, mientras que Juanjo le había ofrecido un sexo mediocre y un bienestar falso.

Juanjo sintió el placer de dejarse llevar por su polla, que le pedía más, y le dio una fuerte follada desde abajo a María, ya totalmente entregada y con sus pezones duros como piedras. Sin pensar, disfrutando como un animal y dejándose llevar por esa liberación de todas sus preocupaciones y contemplaciones, Juanjo se limitó a gozar a María, que, consciente de que había dejado de ser una niña buena y se había convertido en una simple hembra a disposición de su amante, no se sentía rebajada sino excitada. Dejándose llevar por el empuje de Juanjo y recordando la estampa de su culo duro y apuntado sintió llegar un orgasmo largo y profundo y se corrió, frotándose las tetas para sentir el fuerte placer de sus pezones.

María no se movió de su asiento sobre la polla de Juanjo hasta que sintió que acababan las convulsiones del orgasmo. Estaba cansada, sudorosa y, a medida que el placer iba durmiéndose, notaba en su coño la molestia producida por la fuerte penetración de un miembro más grande de lo que había probado hasta ese momento. Se levantó y se acostó al lado de él, totalmente abandonada y sintiendo un asomo de cariño al acariciarle y besarle. Por primera vez vio a un hombre que seguía completamente excitado tras haberla satisfecho. En su código genético estaba escrito que debía darle satisfacción aunque ella ya no tuviese ganas de más y experimentó algo parecido a la ternura cuando vio su polla durísima que aún necesitaba más de ella.

Juanjo no sentía esa delicadeza, al menos no de momento. Quería quitarle la inocencia y hacerla sentir la diferencia entre el sexo y el amor al que estaba acostumbrada y que trataba de volver por cualquier rendija. Y quería que ella se convenciera de que le gustaba el sexo sin más. Después de sobar un rato sus preciosos pechos se levantó de la cama y la cogió, llevándola hasta una mesa en la que le dijo que apoyara las manos. La colocó de espaldas y le abrió las piernas lo justo, buscando la altura adecuada para penetrarla. La empaló y, cogiéndola por la cadera, se colocó justo delante del espejo de pie para que ella pudiera ver su gesto de dominio mientras la penetraba profundamente. En ese gesto que excluía todo romanticismo, María volvió a excitarse y a sentir mucho placer. La polla de Juanjo llegaba donde no había llegado nadie. Sin esperarlo sentía que podía correrse otra vez y comenzó a gritar nuevamente:

- Sigue así, no te corras ahora.

- No necesitas decírmelo, quiero ver la cara de zorra que se te pone al correrte.

- Eres un cabrón, quieres verme hecha una puta.

- Claro, disfruto cuando las niñas buenas ven lo que son en realidad.

El orgasmo de María tardó en llegar pero fue memorable. La había puesto muy cachonda ver a los dos en el espejo. Mientras se corría la mitad de su cuerpo colgaba de las manos de Juanjo que la agarraban por las caderas mientras se la follaba, y estaba casi desfallecida. Sus pezones estaban duros como piedras, Juanjo había estado sobándola a placer mientras la follaba, poniéndose como un salvaje viendo su culo desde arriba. Con cuidado se sacó la polla y la dejó sentarse. Ella necesitaba la traca final. Se sentó en una butaca y le pidió a Juanjo que se acercase. Cuando llegó, le quitó el condón y comenzó a hacerle una mamada que ya era distinta de la del principio, mirándole a los ojos.

- ¿Estás segura?

Sin sacarla de la boca dijo que sí con la cabeza. Lo notó más caliente de lo que esperaba y no le dio asco. Con cara de reto se metió los dedos en la boca y, mirando a Juanjo, los sacó untados se semen y se lo pasó por los pezones. Hacía años que no se sentía tan bien, pensó mientras le veía por primera vez descargado.

Porque no es así como quiera el oficio de alcahuete, que es oficio de discretos y necesarísimo en la república bien ordenada, y que no le debía ejercer sino gente muy bien nacida (Cervantes)

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Lunavalencia
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Re: Desde otro punto de vista

Mensajepor Lunavalencia » Mar Mar 25, 2014 02:52

antoniodeoviedo escribió:Al salir del taxi, María sintió el frío de la mañana y bastantes nervios. Una cosa era vestirse y fantasear y otra pensar que en cinco minutos podía estar chupándosela a un desconocido. Hasta ese momento se había imaginado más bien besándole.

María cruzó el amplio vestíbulo del hotel sin detenerse. Le pareció que había poca gente y se alegró de no tener que pasar demasiado cerca del recepcionista en el camino a los ascensores, que eran varios y grandes. Cuando se metió en el primero que se abrió, entró con ella un chico de treinta y tantos años al que vio de reojo. Le había parecido atractivo, pero mientras subían hasta la séptima planta, que era la de la suite (él marcó la novena), empezó a molestarse porque él la miraba con descaro. Ella le devolvió la mirada y él comenzó a sonreír. ¿Y si...? La sonrisa de él le respondió afirmativamente. No hicieron falta más palabras. Ella se relajó y sonrió, mostrándole generosamente sus dientes, a la vez que se ruborizaba más de lo que habría deseado. Queriendo aprovecharse de su obvia timidez, Juanjo dijo:

- Todavía estás a tiempo de parar esto, aún no hemos entrado y sólo ha habido un simple encuentro en un ascensor. Tus dudas me parecen normales.

- Lo estoy deseando –mintió ella, llevada sobre todo por el amor propio. No quería parecer una cría.

Recorrieron en silencio el corto trecho hasta la habitación. Él había decidido su táctica. Le habría costado poco tranquilizarla, pero le daba morbo su vergüenza, así que quería darle una ducha escocesa, hacer que se sintiera cómoda pero a la vez mantener su timidez para que sintiera el valor del paso que daba, y aprovechar esos momentos para avanzar en su labor de ataque.

Cuando entraron en la habitación María se encontró a gusto en un cuarto espacioso y bonito, bien iluminado y perfectamente ordenado. Caballerosamente pero sin darle ninguna importancia, Juanjo se hizo cargo de su abrigo. Quería que ella percibiera que la galantería era la justa y que no la trataba en ningún momento como a una mujer a conquistar, sino como a una amante para gozar y dejar. Juanjo se comportaba como un cliente de un restaurante de lujo, amable pero consciente de que los platos se preparan para él.

- ¿Quieres una copa?

- No suelo tomar nada a estas horas, dijo María todavía algo roja, aunque también es cierto que no suelo estar en una habitación de hotel con un desconocido a estas horas.

- Creo que lo mejor será abrir una botella de champagne, dijo Juanjo mientras caminaba hacia la nevera.

María estaba elegantemente vestida y miraba a Juanjo mientras ésta abría diestramente la botella y servía las copas.

- Toma, le dijo acercándosela.

Tras el brindis, María sintió que el champagne era excelente y notó cómo sus pezones se excitaban, su cara enrojecía algo más y comenzaba a sentir indiferencia hacia todo lo que viniera. Su vida quedaba muy lejos y sólo quería dejarse hacer. “Tiempo para una nueva inyección”, pensó Juanjo.

- Supongo que el rollo que me contó Silvia será sólo un mensaje publicitario. Eres joven, pero te imagino algo experimentada.

- No sé qué te habrá contado, pero la verdad es que hasta ahora no he ido con ningún cliente y de hecho sólo me he acostado con mi pareja.

- Qué solemne lo pones.

- No sé por qué, pero creo que sabes cómo funcionan estas cosas. No te hagas el tonto. Es evidente que no me estoy muriendo de hambre aunque me viene bien el dinero como a todas, así que cuando doy este paso no es tanto por necesidad como por un montón de pasos anteriores de aburrimiento o de curiosidad. Tienes suerte de abrir el tarro por primera vez.

- Es cierto que sé cómo te sientes, lo he visto otras veces. No te decepcionaré.

- Sólo quiero que me hagas sentir que merece la pena. No es que mi pareja no sepa follar, pero quiero salir de aquí diciendo que hasta ahora no sabía lo que era.

Juanjo se acercó a María y le cogió la copa, dejándola sobre uno de los muebles de la habitación. Al mirarla pudo ver cómo ella acercaba su boca y la besó suavemente, excitándola poco a poco. Quería desnudarla sin romper el ambiente. Comenzó bajando la cremallera de su falda, pero sin tocar aún el jersey. Dejó así al descubierto su femenina cadera, bien cubierta por unas braguitas negras con encaje, y continuó empujándola hacia abajo sin demasiado esfuerzo. María, seria, facilitaba la bajada con pequeños movimientos de su cadera a la vez que eludía su mirada. Unos bonitos pantis negros embellecían sus piernas hasta terminar en unos zapatos de tacón alto, preciosos, que eran toda una declaración de principios. María seguía sintiéndose vestida y se exhibía gozosa.

El juego de Juanjo pasaba por quitarle esa tranquilidad y esa compostura a María. Pensó en dar un golpe de autoridad quitándole las bragas y penetrándola sobre una mesa, pero, aunque era consciente de que ella experimentaría una descarga de adrenalina muy fuerte, prefirió dejar que se hiciese a fuego lento hasta que sintiera que le sobraba la lencería. Respetó sus braguitas (volvían a tener el diminutivo) y le levantó los brazos para quitarle el jersey que cubría su sujetador. Al hacerlo la colocó de espaldas a él y frente a un espejo de cuerpo entero apoyado en el suelo. María se miraba en el espejo mientras el jersey subía por sus brazos, impulsado por Juanjo. Quedó al descubierto un bonito sujetador negro muy bajo, que levantaba su pecho. Ella estaba expectante, sintiendo que todo estaba a punto de comenzar. Sentía el vértigo de saber que en segundos no habría vuelta atrás y se convertiría en lo que él quisiera. A la vez tenía ganas de comenzar a sentir. Juanjo le quitó el sujetador por detrás para que ella viera sus pechos en el espejo, a la vez que él. La visión de aquel esplendor le turbó incluso a él, que había gozado tetas de todos los tamaños y edades. Eran pechos ligeramente abundantes para la estatura de María, blanquísimos y con pezones de color rosa muy claro, sin apenas aureola. Firmes, se lanzaban hacia adelante hasta quedar ligeramente puntiagudos, como de una pin-up de los años 50.

- Tienes un pecho precioso -dijo Juanjo mientras jugueteaba con sus pezones, todavía desde atrás, a la vez que tiraba un poco del elástico de la braguita para ver la raja de su trasero.

- Eres el segundo hombre que lo tiene a su disposición, contestó ella mientras movía su culo tranquilamente por el paquete de Juanjo.

- Hoy sentirás que soy el primero. Quiero que se vea hasta en tu cara que has pasado por esto.

La partida continuaba como un juego de poder. María se estaba quitando el miedo. Se sentía fuerte en su desnudez, notaba a Juanjo más contemplativo que dominante. Éste se había quedado encantado con la vista, se daba cuenta de que María le ofrecía una primera vez y quería darle una lección de autoridad, marcarla en su relación con su pareja y con futuros amantes. María se separó suavemente de Juanjo y caminó hacia la cama, moviendo graciosamente su trasero.

- Separarte no te va a librar, je je, hoy no has venido a desfilar, dijo Juanjo mirándola golosamente mientras bebía otro sorbo de champagne.

Juanjo calculaba su próxima jugada, queriendo disfrutar al máximo de su tiempo. María se sentía en una nube y a la vez se iba poniendo más nerviosa por la ansiedad que le producía el deseo aún insatisfecho y por el temor a lo que le hiciera un amante desatado y retado. Sabía que las experiencias con su novio no eran indicativas porque tenía ante sí un amante muy diferente, que no le tenía ningún respeto y que estaba acostumbrado a tomar y dejar a las mujeres. Cuando llegó a la cama continuó su juego de hembra encelada y se quitó lentamente la braguita, dejando clara su disposición. Entre tanto él se había quitado la camisa y el pantalón, dejando al descubierto un cuerpo deseable para María. Volvió a coger la copa y con la otra mano, con toda la intención, se quitó despacio sus calzoncillos de pantalón corto. Su culo redondeado y firme, y su miembro ya enhiesto y de buen tamaño, pusieron aún más nerviosa a María, que se dio cuenta de que todo había cambiado con su último movimiento, entrando en una fase sin retorno. Esto ya no era una chiquillada excitante, un juego para sentirse halagada en su algo abandonada feminidad, sino que algo iba a cambiar para siempre. Un hombre fuerte y duro iba a hurgar donde nadie lo había hecho y a tratarla de un modo que a nadie había consentido, y seguramente le iba a hacer que se sintiera bien y a enseñarle cosas que todavía no había sentido y que en otras circunstancias nunca habría llegado a sentir. Llegó a pensar que ese miembro duro le haría daño al entrar y lamentó no haber traído nada para suavizarlo.

Juanjo la acostó, le abrió ligeramente las piernas y comenzó a comerle el coño con suavidad. No le costó separarle levemente los labios y chuparle el clítoris como si fuese una ostra. María, claramente no habituada a ese juego, se movía nerviosa y comenzó a humedecerse abundantemente. Estaba acostumbrada a masturbarse, pero no a que su pareja le hiciera eso. A veces la tocaba al inicio del sexo, pero difícilmente conseguía excitarse así. Ahora sentía que alguien la tocaba tan bien como ella, dándole más placer que el que ella se procuraba con sus dedos. Su excitación estaba siendo muy rápida, su ansiedad previa se convertía en placer, comenzó a jadear y jugueteaba nerviosamente con la cabeza de Juanjo, que hurgaba con habilidad en su sexo, tirando hacia arriba de su clítoris. En los vestuarios había notado cómo algunas mujeres tenían más abiertos los labios y ahora veía por qué. Un tirón especialmente afortunado, un recuerdo del pene de Juanjo cuando avanzaba hacia ella y se corrió estrepitosamente, mojando la sábana y sintiendo temblores en el vientre.

- Gracias, acertó a decir ella. Me has dado tanto placer que estoy mareada. Te toca a ti.

- Tranquila, respondió Juanjo, descansa, le dijo mientras se acostaba a su lado, contemplándola con descaro.

María se sentía mejor que nunca. Ya había roto a sudar y a sentir y sólo quería entregarse completamente a Juanjo, que la había ganado completamente con ese asalto. Sin que él le dijera nada, se arrodilló a su lado y se puso a acariciar y a darle lametones a su polla. No le costaba reconocer que era más grande y más bonita que la de su pareja, bien plantada, gruesa y con un bonito prepucio.

- ¡Qué bien dotado estás! Cualquiera se te resiste.

Para María había llegado un momento temido y fantaseado, el de la felación. Frente a lo que había imaginado, no le daba ningún reparo porque el orgasmo le había quitado toda la vergüenza y porque la polla de Juanjo la excitaba. No era algo a lo que dedicara mucho tiempo en su relación de pareja porque acortaba el tiempo de la penetración, nunca sobrado. Hoy se sentía realmente agradecida y quería mostrarla a Juanjo lo mucho que le apetecía. Inconscientemente quería aparecer como una amante más fiera y experta de lo que era. Él no se engañaba y sabía que sus artes serían limitadas. A pesar de todo se divertía viéndola esforzarse y disfrutando del escorzo que ofrecía su culito y sus pechos colgando, una delicia cuyos pezones él acariciaba. Le dio un par de consejos y guió sus manos para que le sobaran suavemente los testículos.

- Se nota que no hace mucho que te descargaste, dijo ella tocándolos.

- Yo follo todos los días, niña, y ayer tuve una cita con mi amante después de hablar con Silvia. No vengo aquí por hambre, sino porque no siempre se puede estrenar a un bollito como tú. Y hablando de estrenar, ya va siendo hora de jugar de verdad.

A María ya le estaba haciendo falta que Juanjo la penetrase. El orgasmo que había tenido la había dejado con ganas de más y no quería perderse esa polla que acaba de chupar. Siempre había fantaseado que un amante la montaba desde arriba, mirándola románticamente a los ojos, pero ahora cualquier cosa le parecería bien. Juanjo siguió acostado y le dijo que se montara encima de él. Ella tomó un sorbo de champagne y obedeció, se colocó a horcajadas sobre la cadera de Juanjo, apoyándose sobre las rodillas, y comenzó a bajar. Diestramente él la agarró por el culo y dejó que cayera suavemente, pero la inclinó hacia adelante, de modo que no llegó a apoyarse en su polla y a la vez sus pechos se inclinaban sobre él, con sus pezones apuntados. Ella se sentía penetrada por un miembro más ancho que el de su pareja y experimentaba un gran placer. Él manejaba el metesaca despacio, haciéndola sentir placer ya en el primer tramo de penetración. Poco a poco aumentó la velocidad, atacando desde abajo. Para permitir sus movimientos, ella no estaba sentada sobre Juanjo, sino inclinada hacia delante, con sus pechos y su cara muy cerca de él. Sentía muchísimo placer, un auténtico descontrol, y mucha ansiedad, porque venía que iba a tener un gran orgasmo y a la vez lo aceleraba y lo frenaba; estaba tan excitada que le parecía que si seguía así iba a mearse. Ya no le daba ningún reparo animar a Juanjo con frases que a éste le excitaban muchísimo: “¡Qué bien lo haces, cabrón, dame más! ¡No pares, no te corras todavía!”.

Juanjo aprovechó las palabras de María para hacer sangre con el cornudo, cosa que le encantaba.

- ¿Qué pasa, que tu novio se corre demasiado pronto?

- No te metas con él, cabrón, que es buen tío.

- Yo no soy quien le pone los cuernos. Si él te follara así no estarías aquí.

- Qué cabrón eres.

- Tú no follaste ayer, y menos así.

- No me han follado así nunca, y llevo una semana sin polla. Si no, de qué ibas a tenerme así.

- El cabrón es él porque tiene cuernos (yo no) y porque no sabe satisfacerte. A partir de hoy no podrás aguantarle.

María sabía que era verdad, que la visión de Juanjo con su belleza viril y su potencia desatada se iba a interponer entre ella y su pareja, no sólo en la cama sino para hacerle insoportables todas las debilidades y defectos de él, que iban en aumento. Cada vez que le viese por casa sin duchar o con su viejo chándal y zapatillas sentiría resentimiento porque no sabía follarla bien y la había dejado a la intemperie, a merced de lobos como Juanjo que harían lo que quisieran con ella. La aparente seguridad que era lo único que le proporcionaba él, era falsa cuando había acabado en la cama de otro tío dándosele entera. María empezaba a sentir que le había entregado mucho más que él a ella, que le había dado su espléndida feminidad de 18 años, que otros hombres más expertos habrían sabido apreciar y educar, convirtiéndola tal vez en una mujer trofeo para disfrutar y exhibir, mientras que Juanjo le había ofrecido un sexo mediocre y un bienestar falso.

Juanjo sintió el placer de dejarse llevar por su polla, que le pedía más, y le dio una fuerte follada desde abajo a María, ya totalmente entregada y con sus pezones duros como piedras. Sin pensar, disfrutando como un animal y dejándose llevar por esa liberación de todas sus preocupaciones y contemplaciones, Juanjo se limitó a gozar a María, que, consciente de que había dejado de ser una niña buena y se había convertido en una simple hembra a disposición de su amante, no se sentía rebajada sino excitada. Dejándose llevar por el empuje de Juanjo y recordando la estampa de su culo duro y apuntado sintió llegar un orgasmo largo y profundo y se corrió, frotándose las tetas para sentir el fuerte placer de sus pezones.

María no se movió de su asiento sobre la polla de Juanjo hasta que sintió que acababan las convulsiones del orgasmo. Estaba cansada, sudorosa y, a medida que el placer iba durmiéndose, notaba en su coño la molestia producida por la fuerte penetración de un miembro más grande de lo que había probado hasta ese momento. Se levantó y se acostó al lado de él, totalmente abandonada y sintiendo un asomo de cariño al acariciarle y besarle. Por primera vez vio a un hombre que seguía completamente excitado tras haberla satisfecho. En su código genético estaba escrito que debía darle satisfacción aunque ella ya no tuviese ganas de más y experimentó algo parecido a la ternura cuando vio su polla durísima que aún necesitaba más de ella.

Juanjo no sentía esa delicadeza, al menos no de momento. Quería quitarle la inocencia y hacerla sentir la diferencia entre el sexo y el amor al que estaba acostumbrada y que trataba de volver por cualquier rendija. Y quería que ella se convenciera de que le gustaba el sexo sin más. Después de sobar un rato sus preciosos pechos se levantó de la cama y la cogió, llevándola hasta una mesa en la que le dijo que apoyara las manos. La colocó de espaldas y le abrió las piernas lo justo, buscando la altura adecuada para penetrarla. La empaló y, cogiéndola por la cadera, se colocó justo delante del espejo de pie para que ella pudiera ver su gesto de dominio mientras la penetraba profundamente. En ese gesto que excluía todo romanticismo, María volvió a excitarse y a sentir mucho placer. La polla de Juanjo llegaba donde no había llegado nadie. Sin esperarlo sentía que podía correrse otra vez y comenzó a gritar nuevamente:

- Sigue así, no te corras ahora.

- No necesitas decírmelo, quiero ver la cara de zorra que se te pone al correrte.

- Eres un cabrón, quieres verme hecha una puta.

- Claro, disfruto cuando las niñas buenas ven lo que son en realidad.

El orgasmo de María tardó en llegar pero fue memorable. La había puesto muy cachonda ver a los dos en el espejo. Mientras se corría la mitad de su cuerpo colgaba de las manos de Juanjo que la agarraban por las caderas mientras se la follaba, y estaba casi desfallecida. Sus pezones estaban duros como piedras, Juanjo había estado sobándola a placer mientras la follaba, poniéndose como un salvaje viendo su culo desde arriba. Con cuidado se sacó la polla y la dejó sentarse. Ella necesitaba la traca final. Se sentó en una butaca y le pidió a Juanjo que se acercase. Cuando llegó, le quitó el condón y comenzó a hacerle una mamada que ya era distinta de la del principio, mirándole a los ojos.

- ¿Estás segura?

Sin sacarla de la boca dijo que sí con la cabeza. Lo notó más caliente de lo que esperaba y no le dio asco. Con cara de reto se metió los dedos en la boca y, mirando a Juanjo, los sacó untados se semen y se lo pasó por los pezones. Hacía años que no se sentía tan bien, pensó mientras le veía por primera vez descargado.



Joder... que cachonda me puse.. no te quiero enamorar pero un solitario tuve que hacerme.

Sigue por favor...

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antoniodeoviedo
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Re: María no se decide

Mensajepor antoniodeoviedo » Mar Sep 30, 2014 19:11

A los diez minutos de correrse, Juanjo se levantó de la cama y fue a ducharse. Dejó la puerta abierta para poder hablar con María, pero a ella, todavía caliente y excitada, lo que le apetecía era verle desnudo en la ducha. Sus brazos fuertes hacían buena figura mientras se lavaba el pelo, y su pene todavía bastante hinchado se dibujaba casi derecho al caer el agua, poblando la imaginación de María para bastante tiempo. Después se vistió, eludiendo a propósito a una María gatuna que se le ofrecía una vez más, y le dio un corto beso en la boca.

- Que tengas suerte. Yo la he tenido al encontrarte. ¿Era esto lo que estabas buscando?

- Nunca lo había hecho así y me has hecho sentir genial. No debería decirlo, pero me has ganado.

Al quedarse sola en la suite, María quiso tomarse su tiempo antes de volver a su vida habitual. Estaba desnuda y hasta el aire la excitaba al rozarse con sus pezones. Se acostó y, tapada sólo hasta la cintura, se tocó suavemente hasta correrse mientras recordaba las embestidas de Juanjo. Algo más calmada, abrió el grifo de la gran bañera de la habitación, en la que cabían cómodamente dos personas, para pasar un buen rato con todos sus poros adormecidos por el agua caliente.

Mientras esperaba a que la bañera se llenase, María se observó en el espejo de cuerpo entero, donde Juanjo la había colocado hacía poco más de una hora, primero para desnudarla y después para poseerla sin contemplaciones. Ahora se miraba con lo que imaginaba que eran ojos masculinos examinándose críticamente e intentando averiguar si si sería atractiva para otros amantes de ese nivel. Le gustaba su cara, aunque tal vez sería hora de ponerse un peinado más atrevido, más estiloso. Desde luego estaba segura de sus pechos. Había tenido suerte, no sólo con el tamaño y la forma, sino con los pezones y la areola, pequeña, sin esos grandes platillos rosas o marrones que encontraba bastante ordinarios. Se colocó de perfil para ver mejor la línea. Caían en una perfecta forma de lágrima, con los pezones ligeramente apuntados en ese momento, un poco tiesos por la excitación que habían tenido.

Aunque no estaba tan segura de su culo y sus muslos, a Juanjo le habían vuelto loco, y siempre podría trabajarlos algo en el gimnasio. A las pantorrillas y los pies les daba mucha importancia, le encantaban los zapatos y esperaba siempre encontrar hombres que supieran entender el juego, es decir, que dejar ver parte de sus pies podía ser tan erótico como enseñar parcialmente sus pechos y que un tacón no es más que una señal de lo elevado y bien dispuesto que estás dejando el culo.

Satisfecha del resultado, aunque algo insegura porque estaba iniciando un camino nuevo y todavía no sabía sus claves, María entró en la bañera, llena de espuma, y se dejó acariciar por el agua. Inevitablemente volvían a su recuerdo detalles del sexo que había tenido. Abrió ligeramente las piernas para notar el agua en su aún abierto coñito, y tuvo otro conato de excitación viendo asomar sus pezones por encima del jabón. Se recreaba volviendo a vivir distintos momentos del encuentro, a veces procaces (como cuando Juanjo la penetraba con toda su fuerza desde abajo mientras sobaba sus pechos con ansia) y a veces más tiernos, si es que podía hablarse de ternura a propósito de alguien que la había desnudado con la vista desde el minuto uno y que no le había dedicado más de diez minutos una vez que su polla obtuvo lo que quería. Sonreía recordando cómo se refería Juanjo a su pareja y le daba un poco de pena de él, tan limitado en sus habilidades amatorias y a la vez tan ignorante que no sospechaba que ella se quedara a medias o pudiera aspirar a más.

Definitivamente, no se sentía culpable. Si él hubiera atendido sus necesidades, no estaría aquí. Y no se refería sólo al dinero. Estaba claro, no era hombre bastante para ella, su madre se lo había dicho muchas veces. No había querido casarse cuando habría sido muy fácil, no la cuidaba... que se atuviera a las consecuencias. Hasta ese momento no había querido reconocerlo así ni siquiera a ella misma, pero era lo que pensaba.

De sus pensamientos la sacó una llamada de Silvia, en su papel de mujer que se preocupa por el bienestar de sus chicas.

- ¿Qué tal estás?

- Bien, prueba superada.

- No seas modesta. He hablado con Juanjo...

- ¿Qué te ha dicho? –contestó María, sorprendida.

- Que no te ha costado mucho y que no sentías precisamente nostalgia al acordarte de tu pareja. Ha disfrutado mucho porque se notaba que era tu primera vez. Él sabe apreciar esas cosas y también tu cuerpo y tus habilidades en la cama, aunque no seas consciente de ellas. Me ha dicho que eres muy buena amante y que vas a gustar.

- Qué consuelo, va a resultar que he tenido que hacerme puta para que me aprecien.

- Es frecuente. Muchos novios no aprecian lo que tienen y ni siquiera se dan cuenta cuando te vuelven a follar y haces otras cosas o recuerdas a otros mientras te dejas. ¿Qué tal lo has pasado tú?

- Ha sido lo que yo quería. Me he dejado hacer todo el tiempo y me ha dado tanto placer que no tengo ningún arrepentimiento. Me encantaría que volviera a llamar ahora para verme.

- Siempre procuro que las que empezáis lo hagáis con un tipo que sepa hacerlo, y Juanjo es de lo mejorcito. Por vosotras y por mí, porque es enviciáis y ya no queréis dejarlo. No creas que todos son como él, ahora puede reservarte cualquiera. No es fácil que repita pronto, cuando una mujer deja de tener secretos para él suele dejar tiempo hasta volver a verla.

- Pues tú sigue tratándome bien, anda. Aprenderé a disimular y a pensar en otra cosa si me toca uno desagradable.

- Desagradables no lo hay, pero Juanjo es especial. Yo también le he probad0, para esos estoy disponible. Sabe actuar y seducirte y tiene una buena polla y la maneja de vicio. Digamos que está en uno de los primeros lugares de mi lista de amantes para recordar. Ciao, hablamos cuando tenga algo para ti.

La llamada dejó a María con una sensación rara y todavía más excitada. Desde luego no tenía ninguna prisa por volver a su vida normal. Se revolvió en el agua, todavía caliente, y le vino a la cabeza Juan, un amigo de su novio, mejor dicho un miembro de su pandilla, un grupo de cuatro o cinco parejas que hacían planes juntos. Juan era el único “soltero” desde que dos años antes rompiera con su novia. Guapete y chulillo, les tenía comida la moral a sus amigos (empezando por el novio de María) al contarles sus ligues de fin de semana, a los que ellos no tenían acceso. A veces esas conversaciones tenían lugar con alguna o algunas de las chicas de la pandilla, surgiendo inevitablemente un morbo con ellas, tal vez atraídas por el aventurero experimentado. De alguna de ellas se contaba que había caído con Juan, sobre todo de Raquel, la novia de Luis, una chica modosita y muy joven que no había podido resistirse, como Juan se encargó de que los demás supieran.

María había cuidado su fama de inexpugnable porque le repugnaba estar en boca de la gente. Una vez Juan había maniobrado para que ella y su novio pasaran por su casa a recoger algo, y dejó abierta la puerta de su habitación para que ella le viera desnudo paseándose mientras se vestía. Iba bastante al gimnasio y tenía un buen miembro y había hecho conquistas así. Ella no dejó de sentir una punzada de deseo ante aquel macho de hombros anchos, brazos y piernas fuertes, culo estrecho y pene amenazante, pero sobre todo sintió resentimiento contra su novio por no haber sabido defender su territorio. Ni siquiera fue capaz de decirle que cerrara la puerta. María se sintió humillada por esa actitud, y pensó por primera vez que su historia sexual había comenzado con su novio pero no iba a acabar ahí. En cierto modo ese día comenzó un camino secreto que de momento la había llevado a la cama con Juanjo.

Abierto el tarro, Juan volvió a su memoria. Tenía claro que no quería ser una más de sus conquistas, entregársele apresuradamente en un coche y convertirse en la comidilla del grupo, pero le apetecía jugar con él. Estaba segura de que sabría percibir la pasión que en aquel momento sentía, y marcó su número de teléfono, todavía en la bañera.

- Hola, Juan, ¿te llamo en mal momento?

- Qué va, esta mañana he ido a correr y acabo de ducharme, estaba saliendo de la ducha cuando has llamado.

- Que casualidad, es la segunda vez que hablamos mientras estás desnudo.

- Pues como la otra vez además de escucharme me viste, ahora puedes imaginarlo, porque estoy igual que entonces.

- Yo también estoy desnuda, en la bañera, pero tú no puedes recordarlo porque no me has visto.

- No te he visto todavía, es verdad, pero te adivino muy buenas curvas. Por cómo vistes tus pies veo que sabes cómo mostrar tu cuerpo. En fin, que no te sorprenda pero, ya que te he dicho cómo estaba, te añado que estoy teniendo una erección.

- ¡Pobre! ¿Te sube poco a poco, en plan romántico, o a lo bruto, en plan camionero?

- No sé qué experiencia tienes tú, pero te aseguro que ante un buen polvo no hay romanticismos. Tengo la erección que tendría cualquier tío que te imaginase.

- Se me están poniendo duros los pezones... –dijo María mientras volvía a pasar su mano entre sus piernas.

- Venga, vamos a vernos...

- ¿Qué falta hace? Tócatela...

- Anda ya, no me vale, quiero a una mujer.

- Pues llama a la novia de Luis.

- Je je, ya me está aburriendo. No me la imagino calentándome como tú estás haciendo ahora.

(continuará).

Porque no es así como quiera el oficio de alcahuete, que es oficio de discretos y necesarísimo en la república bien ordenada, y que no le debía ejercer sino gente muy bien nacida (Cervantes)

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antoniodeoviedo
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Re: María no se decide

Mensajepor antoniodeoviedo » Lun Oct 06, 2014 10:54

CONTINÚA:

- Yo no te estoy calentando, además ya sabes que tengo novio.

- Demasiado suave para ti, a la vista está.

- ¿Crees que soy como Raquel y esas niñatas que no se contienen y acaban haciendo lo que les dices? Métetelo en la cabeza: yo soy caza mayor.

- Genial, así el premio es mejor. Y estoy más cerca de lo que das a entender, porque me has llamado estando desnuda en la bañera, así que me has elegido para darte placer.

- Mira, me aburren los tíos alardeando, así que voy a ponerte un reto y así veré si eres tan hombre como dices. Mañana a las dos estaré en el “Me da igual” con una amiga. Veintipocos, mona, modosita y pareja de un antiguo ex mío que tiene bastante pasta y le da todo lo que quiere. Séducela, llévatela al huerto, envíciala, en una palabra conviértela en una putita, que es justo lo contrario de lo que su novio cree que es.

- La idea suena bien. Pero que queda claro que, si gano, el premio eres tú.

- Ninguna señorita contestaría sí a eso. Digamos que tengo una debilidad por los machos que demuestran su habilidad en la manada.




María convenció a su amiga Inés para que fueran al día de siguiente por la mañana de compras y se quedaran a comer en el centro. Quedaron en ponerse muy guapas porque iban a ir a tiendas caras y tenían que estar a tono, así que cuando Juan apareció por el local se llevó una impresión óptima de Inés, que también se sentía segura y con ganas de conocer a gente en ese momento. María había preparado su plan. Escogió un local y una mesa en la que ellas veían a Juan antes que él a ellas, así que tuvo tiempo de hablar de él a Inés: “Anda, aquí viene un pesado, un amigo de mi novio que está soltero y está todo el día detrás de mí. Ayúdame a deshacerme de él, por favor”. Cuando se produjo el encuentro “casual”, a Inés no le pareció tan pesado ni tan despreciable, sobre todo porque, como era de esperar, Juan le hizo mucho más caso a ella que a María. Consiguió que Inés le invitase a comer con ellas y se creó una complicidad entre los dos porque María estaba supuestamente mosqueada porque habría querido que se fuese. La relación entre Inés y Juan comenzó ese día viento en popa, impulsada por la vanidad de Inés, que creía que le estaba dando celos a María y quitándole un admirador muy vistoso.

En las semanas siguientes, Inés no le habló a María de cómo evolucionaba su relación con Juan, pero María estaba al corriente porque Juan jugaba a tres bandas. Por las mañanas hacía de chevalier servant con Inés, aprovechando supuestas coincidencias de gustos y atendiendo sus deseos. A la vez informaba a María, comentando ambos crudamente sus avances. Y de tanto en tanto se follaba a sus antiguas amigas, por pura necesidad sexual (dos o tres días, no más) y porque le cansaba y le frustraba estar atento a los deseos de Inés, algo totalmente contrario a sus costumbres.

A María le contó que poco a poco estaba avanzando con Inés. La idea era ganar confianza a base de hacer cosas juntos, ganarse su agradecimiento con invitaciones y pequeños favores, y a la vez hacer que la tensión sexual estuviera implícita en la relación para que en el ataque final ella, aun no teniendo intención de dar ese paso, se sintiera en cierto modo vinculada, no se atreviera a negarse en redondo y acabara entregándose entera, como la virgen mental que era en el fondo. Cuando tuvo un poco de confianza, después de una comida a dos, le contó su soledad desde un supuesto desengaño con su novia, dos años antes. Le dijo que había descubierto que ella le ponía los cuernos a pesar de que él estaba volcado con ella. Así comenzó a darle pena a Inés. En otra ocasión intentó darle un beso, en una aproximación aparentemente tímida y cortada, destinada al fracaso, cuya finalidad era que Inés se diera cuenta de que le atraía y a la vez se sintiera segura, sabiendo que ella dominaba la situación. Poco a poco la medicina iba haciendo efecto. Para Inés la ilusión del día eran los encuentros con Juan, porque su novio estaba muy ocupado y lo daba todo por supuesto. Mentalmente, ella iba convenciéndose a sí misma de que su pareja no la atendía lo suficiente, creando así la justificación para algo que todavía no se atrevía a imaginar. Se daba cuenta de que Juan era atractivo y de que las mujeres la miraban con cara de envidia cuando creían que era su pareja. Ella se reía por dentro, sintiendo que lo tenía todo: era buena y fiel con su pareja y tenía a su disposición un amante magnífico.

Las conversaciones entre Juan y María tenían un tono ácido. Ella buscaba una triple venganza: de Inés, porque le había birlado un novio que a María le habría dado el bienestar económico que ahora había perdido, de su ex novio, que la había dejado –sin llevarla siquiera a la cama - cuando María ya estaba muy colgada por él, y que ahora además ahora iba por ahí de pareja perfecta, y de su propia seducción a manos de Juanjo, que quería compensar demostrándose a sí misma que ése es el destino de todas a poco que levanten la cabeza y vean algo más que los calzoncillos del hombre que duerme a su lado. Animaba a Juan y le insistía para que no la dejara escapar y no pensara que era especial. Le animaba hablándole del cuerpo de Inés (que ella había visto varias veces y él todavía no, y que era hermoso y estaba muy cuidado). Aunque Inés se vestía de manera recatada (pero estilosa), siempre había tenido un cuerpo con muchas curvas, con pechos casi demasiado grandes que ella disimulaba y que a sus escasos veinte años estaban en su punto, firmes y elevados. María se los describió lascivamente a Juan, dándole además por seguro que Inés no estaba bien atendida en la cama porque su pareja sólo pensaba en el trabajo, algo que también ella le había dejado entrever a Juan.

Entretanto el comportamiento de Juan con sus amantes era cada vez más imperativo, como para compensar su fingida sumisión a Inés. Su forma de cubrirlas, muchas veces por detrás y casi sin hablar, mientras pensaba en el momento en que haría eso con la modosita Inés, que a esa hora disfrutaba de la paz conyugal, sorprendía un poco a sus compañeras, aunque no se quejaban, entre otras cosas porque Juan seguía siendo un amante sobrado que las dejaba más que satisfechas.

Habían pasado tres semanas desde que María le planteara el reto de Inés, y Juan veía cada vez más cercano el éxito. La llamada diaria se había convertido en un fijo en las mañanas de ambos. Incluso era ella quien la hacía con más frecuencia. Juan se las había arreglado para darle a entender que a veces iba con otras para aliviar sus necesidades. Ella lo “aceptaba” y, aunque no le gustaba que él hiciera caso a furcias en lugar de reservarse para ella, comprendía que no tenía derecho a exigir mientras ella no pusiera algo más de su parte, lo que comenzaba a abrir grietas en su hasta entonces cómoda posición. Además, le daba no poco morbo pensar que Juan no podía estar más de media semana sin gozar a una mujer, a diferencia de su novio, que a veces dejaba pasar más de una semana sin tener una erección con ella.

La ocasión definitiva la brindó, cómo no, un viaje laboral de tres días del novio de Inés. Hacía un otoño apacible y ella le había dicho que le apetecía conocer un restaurante a 30 kilómetros de su ciudad que acababa de recibir una estrella Michelín. Él dijo que era buena idea, que podía ir y que después le enseñaría la casa de un amigo suyo, que vivía por allí y estaba restaurada con mucho gusto. Naturalmente, Juan habló antes con su amigo para que le dejara las llaves pero se alejara de la vivienda, que consideraba –con razón- que era un sitio ideal para vencer las últimas resistencias de Inés. La comida fue bien, les gustó a ambos. Juan trató de guiarla hacia platos ligeros, pescados, etc., porque no quería obstáculos en el goce posterior. Ella se sentía bien, sopesando en su interior qué sería ir más allá y disfrutar totalmente de Juan. En un momento fantaseó, mecida por el vino y por el sol de otoño, con la posibilidad de jugar solos en esa casa. Tras la comida dieron un agradable paseo dirigiéndose hacia la casa donde teóricamente les esperaba el amigo. Justo entonces Juan simuló recibir un mensaje en el que éste le decía que tenía que salir pero que le dejaba las llaves bajo el felpudo. Él la miró con toda la intención para que ella sonriera, sintiéndose todavía más dueña de la situación.

La visión de la casa, preciosa y con tanto gusto, animó todavía más a Inés y a la vez le infundió una pequeña sensación de admiración que la hizo un poco más vulnerable, como Juan quería. La visita terminó en una especie de torre que había en una esquina de la casa y que era, cómo no, una amplia habitación de matrimonio con vistas a tres lados, iluminada por el sol de la tarde. Inés se quedó maravillada y pasó varios minutos contemplando la habitación y la vista, sintiendo la pequeñez de su propia vida. Juan se quedó detrás mirándola y pensando que en minutos iba a gozarla y en pocas horas ella se daría cuenta de que todo había sido un engaño, que sólo quería gozarla como otras y que su vida con su pareja había pasado a convertirse en un campo de minas. Casi le dio pena, pero pensó en María y tuvo una fuerte erección. Inés agradeció el abrazo de Juan y, cuando éste la besó en los labios, pensó que ya era demasiado tarde para resistirse y que tenía derecho a sentirle hasta el final. Él dio rienda suelta a la pasión contenida. Disfrutó de esos pechos grandes y la folló con todas sus ganas para que ella se diera cuenta de que el sexo no era lo que hacía con su novio. La penetró de pie mientras ella apoyaba sus manos en los pies de la cama, como hacía con sus amigas, y se tumbó finalmente a su lado, mientras su semen chorreaba entre las piernas de ella.

Inés se sentía bien, aunque rara. Juan la había follado como nunca. Se sentía muy unida a él...

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Lunavalencia
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Re: María no se decide

Mensajepor Lunavalencia » Lun Oct 06, 2014 18:43

Bravo! Me he metido de lleno en esta parte, me gusta como escribes antonioviedo, un hombre que me pone cachonda hasta leyéndolo. Por favor sigue escribiendo así de bien, mañana comentamos el relato.

Un besazo grande.

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antoniodeoviedo
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María se come su deseo

Mensajepor antoniodeoviedo » Jue Ene 14, 2016 12:41

María vivió con ansiedad las semanas del asedio a Inés. No estaba cómoda y quería desquitarse con el triunfo de Juan, que quería que fuera rotundo, es decir, hiriente para Inés.

Su nueva rutina incluía el trabajo en el colegio privado a tiempo parcial y citas esporádicas en la agencia. Se quedaba todo el dinero que ganaba por ambas vías, sin ningún tipo de remordimiento, y con él volvía a darse caprichos y sobre todo a mantener una concienzuda rutina de cuidados físicos, empezando por el gimnasio, que había comenzado después de su encuentro con Juanjo. Ya dominaba el juego de las citas. No había vuelto a sentir el mismo placer que con Juanjo y ésa era una de las razones por las que ni por asomo se le ocurría que su novio, a quien cada día tragaba menos, fuera a compartir el dinero ganado de ese modo.

La convivencia con su novio era cada vez más pobre. María disimulaba mal su desprecio, sobre todo sexual, ahora que lo había comparado y era consciente de su escaso valor como hombre. Una noche no se contuvo más y, cuando él inició sus habituales aproximaciones, más bien torpes, le dijo:

- No sigas tocándome porque nunca consigues que me corra y me desagrada excitarme para nada. No te preocupes, voy a dejarte tranquilo.

María quería humillarle, demostrarle de lo que ella era capaz. Se recogió el pelo en una cola, se quitó el sujetador (pero no la braguita, para dejar claro que no estaba abierta para él), se arrodilló a su lado en la cama y, con toda la dedicación y la maestría que había aprendido, le hizo la mejor mamada de su vida, la que nunca le había hecho. Dejó al aire su miembro como si fuera lo más atractivo del mundo y le excitó suavemente, parando de vez en cuando para prolongar su placer, en sucesivos escalones de excitación. Observó divertida cómo él, desacostumbrado, se retorcía de placer en lugar de disfrutar lentamente como lo hacían los gozadores más expertos de la agencia, que aumentaban su excitación viéndola en ese ejercicio y diciéndole procacidades. No le apeteció tragárselo y cuando iba a llegar se la sacó. Él estaba asombrado. Le pareció ligeramente ridículo, embadurnado de semen. Siempre le parecían ridículos los hombres contentos de estar ya descargados sin haber satisfecho a su amante. “Eso es buen sexo”, dijo ella. “A mí también me gusta recibirlo. Ahora sal de la habitación. Quiero correrme y no me excita verte”.

...

“¿Sabes quién se ha pasado esta tarde follando con Luis?” –le preguntó María de repente a su novio, que estaba cambiándose en la habitación.

“No sé, pensé que ahora no tenía novia”.

“No la necesita, se ha tirado a Inés”.

El novio de María digirió despacio la noticia y hasta él se dio cuenta del tono de reproche de María. Salió por donde pudo: meterse con él.

- ¡Qué cabrón! Es amigo del novio de ella.
- ¿Por qué es culpa de él? No la ha obligado a nada, bien que se ha retorcido de gusto.

María se lo puso muy claro a su novio, para que tomara nota. “Luis tiene fama de ser muy especial en la cama. Es guapo, tiene un buen cuerpo y las mujeres se dejan ir porque están seguras de que merece la pena. Saben que no las quiere, que sólo busca acostarse con ellas y que es posible que se sepa, pero muchas lo dan por bien empleado. Ser mujer es complicado. No tenemos fácil el orgasmo como vosotros. Muchos sois egoístas, pensáis que es suficiente con que os corráis. Además nos halaga pensar que un hombre así nos desea. Si empiezas el juego es difícil parar. Un tío como Luis sabe presionar sin que se note, aflojar y apretar hasta que dejas de resistirte, disfrutas lo que hay y que te quiten lo bailado.

Sí, ya también quiero un hombre que gane cuando se quita la ropa, que sepa andar siendo consciente de que está desnudo, con su miembro al aire. Que tenga un culo estrecho y duro pero no pequeño, que te den ganas de acariciar con las manos y después con los pies. Que sepa qué cosas hay que hacer sin preguntarte si quieres que te las hagan. Que cuando te mira desnuda te dé un poco de confianza, un poco de miedo y la seguridad de que te está comparando. Que cuando te mira vestida delante de tu novio sepas que te está desnudando y pensando si merece la pena dar el paso. Que sepa llevar el ritmo del acoso, consiguiendo sacarte de tu tranquilidad y reaccionando impasible cuando tú ya estás inquieta. Que cuando ya estás con él en una habitación, sepa que no quieres hablar ni que te recuerden nada, sólo que te den sexo y te impidan pensar en otra cosa. Que notes que está decidiendo cómo gozarte, sin que tengas secretos para él, con la misma sencillez y el mismo egoísmo con el que cogería una pieza de marisco para comerse toda la carne sin mancharse. Que por puro egoísmo, para ablandarte y gozarte mejor, quiere, puede y sabe darte placer como no estás acostumbrada a recibir. Que, por supuesto, esté bien dotado y lo sepa, pero no tanto como para no poder aspirar al sexo anal, que le encanta y practica cuando ve una oportunidad. Que te pueda masturbar mejor que tú, sabiendo cuándo meter dedos por el coño y el culo para volverte loca. Que sabe a quién le viene bien que la hagan correrse con la boca y a quién le quita ganas de follar. Que sabe llevar con suavidad el timón, atendiendo tus caprichos pero sin admitir un no. Que sepa recibir el placer que le das con tu boca, dominándose, gozando sin perder el control, diciéndote cosas que tú sabes pero que no te han dicho nunca, tocándote donde hay que tocarte. Que en medio de los preliminares note rápidamente cuándo tu cadera se mueve pidiendo ya que te penetre. Que cuando se mueve para entrar en ti sepas que va a llevar el timón. Que tenga todo el aguante del mundo, pero que deje claro cuándo quiere correrse y en ese momento ya no admita movimiento alguno que le distraiga de su placer. Que las primeras veces, cuando eres una joven novia fiel e inexperta que se le entrega entera, se haya reservado y te deje una abundante ración de su semen, que incluso se derrame un poco cuando se retire y que te haga sentirte algo más suya (después, cuando ya seas una putita aficionada a esa droga que te ha dado a probar, no te importará que te monte de paso, engañando a otra, ni engañarle tú a él con algún garañón). Que sea caballero cuando a ti y a él se os haya pasado, al menos momentáneamente, el deseo, y te trate sin brusquedad y sin amor, como a una buena compañera que ha sabido saciarle. Que sepa respetar tu otra vida, sin causarte problemas y siendo tan consciente de su superioridad que no le importe en absoluto lo que hagas con tu novio. Que sea cuándo llamarte de nuevo.

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Re: María no se decide

Mensajepor yo1964 » Vie Ene 22, 2016 22:56

Magnifico relato :wink:


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