DESEOS PROHIBIDOS

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yo1964
III Conejitos
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DESEOS PROHIBIDOS

Mensajepor yo1964 » Sab Jul 20, 2013 18:25

..Ambos sabían de sobra que lo que sentían el uno por el otro era un cariño especial, que se había forjado en poco tiempo en la continuidad del día a día en los encuentros del trabajo. Eran colegas, cómplices más bien, y entre ellos había un nexo que los unía sin palabras. Ese guiño de ella cuando él entraba por la puerta de la oficina, correspondido por él con una amplia sonrisa...Esas "bromas inocentes" aparentemente sin maldad pero que lo implicaban "todo". Ese roce de ella, inesperado pero si premeditado, por la espalda de él, era un aire fresco en él, correspondido por otra caricia, en la cintura de ella. Eran simplemente roces fugaces, pero que, sin que nadie supiera nada, ellos, se lo decían todo sin palabras.
....Pero esta vez, esta vez comenzaba una aventura mucho más allá de esas simples caricias...
Ambos lo sabían y eran conscientes de que ese encuentro, planeado desde hace semanas, no era una buena idea, pero, a pesar de ello, era mucho más fuerte la atracción del uno por el otro hacia ese universo desconocido de cada uno de ellos.

Habían cenado y cambiado bromas y risas, pero ahora venia el momento tan ansiado. Juntos, distantes en sus verdaderas vidas y ahora enlazados por la cintura, caminaban hacia la habitación de ese hotel. El alcohol de la cena actuaba en ellos con una fuerza intempestiva que hacia que, en cada rincón de su trayecto, una parada mínima sirviese para juntar sus bocas y recorrer con sus lenguas la cavidad del otro.
Llegaron a la habitación, y el sonido de la conversación, horas antes en la cena, ahora dio paso al profundo silencio, donde solo la respiración agitada de ambos era la única sensación sonora que se percibía. A duras penas, y entre beso y beso, acertaron a abrir la puerta de esa habitación. Un mundo de cuatro paredes donde sus sentimientos volarían y esa pasión que les devoraba se liberaría.
El, con un certero puntapié tras su espalda, cerró la puerta y abrazándola a ella, calleron sobre la cama rodando en ésta mientras se deshacían, ayudandose el uno al otro, de las vestiduras que atenazaban sus cuerpos. Al fin estaban solos, frente a frente. Por fin, él, podría probar ese sabor de piel sobre los senos de ella. Aquellos que se dejaban imaginar bajo la apretada blusa de uniforme que día tras día portaba ella. Y, notando las palpitaciones de su miembro, comenzó, con sus ojos cerrados, a recorrer con su lengua aquellos generosos y naturales pechos. Una explosión de éxtasis subía hasta su cerebro, mientras su lengua nerviosa, se deslizaba entre ellos, recorriendo cada uno de sus dos pezones y escuchando como ella gemía de placer.

En una breve pausa que pareció infinita se incorporaron para terminar de liberar sus cuerpos y sin palabras pero sin dejar de prodigarse besos se dirigieron hacia el baño y en aquella majestuosa bañera, ambos de pie juntos, la espalda de ella en contacto con el pecho de él, comenzaron a recibir el tibio chorro de agua de la ducha que los mojaba.


A cada litro de agua que discurría sobre ellos, las pulsaciones se aceleraban. Ella, echaba hacia atrás su mano buscando a tientas aquella parte de él que en la soledad había imaginado y que ahora, se mostraba para ella en toda su extensión. Agarró su pene, sin dejar de acariciarle con la otra mano su pierna y pudo comprobar como la vena de él, hinchada por el momento y la presión, recorría toda la longitud de su miembro.
Sin parar de acariciarse, él la penetró por detrás sintiendo como su corazón aumentaba el ritmo cardiaco, no más deprisa que el de ella, semejando dos pura sangres corriendo por la pista.
El baño se llenaba de vapor y ella se llenaba de él... hasta que perdieron el sentido de la realidad alcanzando juntos el climax que los lanzó al limbo.


Extenuados y envueltos en aquellas toallas que apenas cubrían pudorosamente sus partes íntimas, no más para secarse algo la humedad, se dirigieron a la cama y allí, mientras ella le recorría cada centímetro de su cuerpo y lo llenaba copiosamente de tiernos besos, por un momento, él la aferró de un brazo y la atrajo hacia si, colocándola contra su pecho. Y juntos, en posición fetal, pecho con espalda, él comenzó a mesarle el pelo, aquella endeble pero rubia melena, mientras ella cerraba los ojos para poder imprimir en su mente aquel instante tratando de que quedara guardado para siempre. Abrazados, juntos, durmieron un par de horas hasta que él suavemente la invitó a despertar y nuevamente comenzaron a explorar con sus lenguas los pocos rincones inexplorados de sus bocas. Ahora la pasión volvió a resurgir y en un súbito arrebato, ella se encaramó a horcajadas sobre él, recibiendo en su interior nuevamente, aquella maravillosa parte del cuerpo de él que horas antes le había conseguido arrancar tanto placer. Ella se movía rítmicamente sobre él, mientras él, cerraba sus ojos, y acariciaba sus senos intentando abarcar cada uno de ellos en cada mano, mientras el ambiente se llenaba de suspiros profundos de ambos. Sin llegar hasta el orgasmo, cambiaron las posiciones. Ahora él, sobre ella, dominaba aquel duelo de cuerpos en el que ambos luchaban por no separarse. El sabia perfectamente donde debía palpar, para que los gemidos de ella, aumentaran de tono y su cara reflejara aquella irrefrenable excitación.





Ella, con sus ojos cerrados, absorbía aquella energía que él le transmitía a cada movimiento de penetración de él. Llegó el punto más álgido de aquel embate, y entonces, él, sin poder sujetar más aquel inexorable impulso, detectando a la vez que ella también estaba llegando a esa deliciosa meta, alcanzó el climax y dejándose caer sobre ella continuó suspirando junto a su oído. Ambos jadeaban. Sus cuerpos sudaban y otra vez, el extremo placer se había apoderado de ellos.

Volvieron a dormir abrazados un par de horas más, y al comenzar a despuntar los primeros rayos de sol que entraban por la persiana, él, con un suave beso comenzó a despertarla susurrándole al oído palabras bellas, digna de una princesa. Ella lo era. Una princesa. Una princesa pobre, destronada por la mala suerte en su vida, pero ahora era la princesa de él y ese momento no se perdería jamás en el resto de su vida.
Una vez ya despiertos, después de bromear al menos casi otra hora en la cama, se levantaron, se ducharon, recogieron sus cosas, volvieron a vestirse y se dirigieron a la puerta para salir... salir de aquellas cuatro paredes donde aquel mundo inalcanzable, por una noche, había sido para ambos "su único paraíso" .
El estaba casado. Ya tenia una vida formada. Ella lo sabia pero jamás interferiría en el mundo de él. Era consciente de que aquello que habían realizado, puede que ya jamás se volviera a repetir, pero mientras, aquél recuerdo, quedaría prendido, imperturbable, en su memoria.

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